sábado, 17 de mayo de 2008

De los colegios privados

Estaba el otro día en la biblioteca de la facultad buscandóle algún sentido al metabolismo de la lactosa, cuando súbitamente rompió el silencio una canción de Melendi a todo volumen. Intrigado, me asomé por la ventana y descubrí que la música en cuestión provenía de un colegio situado a unos 300 metros de la facultad. En concreto, era uno de los muchos colegios privados católicos que inundan el centro de la ciudad, ocupando parcelas enormes que serían la fantasía de cualquier especulador inmobiliario, o de un Mendizábal del siglo XXI. Bueno, el caso es que la causa de esa infracción descarada de la normativa municipal sobre el ruido era la clásica fiesta que suele tener por estas fechas primaverales cualquier colegio privado que se precie. Mis seis años en uno de estos nidos de Nuevas Generaciones me hicieron recordar lo enormemente empalagosas que eran este tipo de fiestas. Por supuesto, hablo a título personal, basándome en mi propia experiencia.

Recuerdo entonces aquellos años, dando clase en esas austerísimas aulas, con vetustos pupitres de madera que eran el orgullo de los curas ("Vuestros padres también se sentaron ahí"), yendo al gimnasio una vez cada quince días para no desgastarlo (a pesar de la cuota mensual que se pagaba por mantenimiento) y haciendo exámenes en el dorso de folios usados para ahorrar papel. En definitiva, se cumplía a la perfección el voto de pobreza, a pesar de los 300 euros mensuales que pagaban nuestros padres y de las ayudas económicas estatales de las que ya hablaré otro día. Toda esta miseria acompañada por una colección de profesores sin oposiciones, aficionados al capón y al cigarro (en clase incluido), y de curas ocupados en fletar autobuses para el show episcopal de turno en la Plaza Colón de Madrid. Memorables eran aquellas clases de religión en las que se nos pedía boicotear al grupo Prisa, se dudaba de la teoría de la evolución, se condenaba la homosexualidad o se ridiculizaba a la Vicepresidenta del Gobierno. Todavía recuerdo aquel examen de ética en el que se nos preguntó que nombráramos algún medio de comunicación que manipulara y monopolizara la información; menos mal que en este caso los curas nos dejaron libertad de elección: El País, Cadena Ser, Cuatro, As, Los 40, ... cualquiera valía.

Sin embargo, esta ratería y crispación a pequeña escala sufría una formidable metamorfosis en épocas de fiestas. Y entonces me daba la misma impresión que cuando a mi padre le da por ir en plan colega conmigo, que no pega. Los austeros sacerdotes organizaban un auténtico parque temático, con castillos hinchables, casetas, casas del terror, conciertos, verbenas, ... Todo era felicidad, solidaridad, no faltaba el entrañable bocata solidario, la recolecta para las misiones, las misas extraordinarias. Se hacían incluso camisetas conmemorativas. Todo estaba hecho para quedar bonito en las fotos, las que un mes después saldrían en las Memorias del curso, acompañadas de algún comentario chorra en plan: "El padre Fernández se atrevió a dar unos raquetazos con los chicos" o "Ñam ñam... Las mamás compitieron en el concurso de tortillas de patata". Después, añadirían alguna entrañable redacción titulada, por ejemplo, "Mis recuerdos del Sanjo" o "Viaje a la parroquia de San Esteban". Y todo quedaría fenomenal. Los papis pensarían, qué buena educación en valores estamos dando a nuestros hijos, merece la pena el gasto, los curas lo expondrían como símbolo de calidad en la enseñanza, y todos contentos. La Asociación de Padres Católicos reafirmaría su satisfacción con el colegio y recordaría la necesidad de salvaguardar este tipo de enseñanza frente a los ataques anticlericales socialistas. Quizás esto sea lo más triste, el convencimiento por parte de los padres de que esa educación es la única posible, de que ahí podrán garantizar un futuro a sus hijos, manteniéndolos a salvo de los desvaríos de la escuela pública. Seguramente haya colegios privados preocupados por la enseñanza, que ofrezcan una educación de calidad, seguro que mejor a la pública. Pero yo pienso en mi caso, y veo que, de los treinta alumnos que salimos en la foto de clase de las Memorias 1993-94, solo nueve han terminado el bachillerato, y que los profesores aficionados a los capones siguen dando clase y capones sin que nadie se haya quejado, y que la manipulación y dirigismo ideológico sigue predominado sobre el Sapere Aude. Yo me pregunto, ¿dónde están los padres? ¿les preocupa más Zapatero que la educación de sus hijos?. Y entonces, cuando veo los ejércitos de familias en la Plaza Colón, camisas de Lacoste, cabezas engominadas con raya, algún alzacuellos, pienso que a lo mejor es cierto que les preocupa más Zapatero.

1 comentario:

Pedro Páramo dijo...

"El padre Fernández se atrevió a dar unos raquetazos con los chicos" o "Ñam ñam... Las mamás compitieron en el concurso de tortillas de patata".

Grandes títulos para una foto, sí señor.

Si no... artículo interesante.


P.S.: Veo que el público aún no se anima a comentar la cosa. Ta luego