domingo, 1 de junio de 2008

Me alegro

Sé que puede parecer egoísta y bastante estúpido de mi parte decirlo, pero en el fondo me alegro. Me alegro de que haya recesión, crisis, de que suba el precio del petróleo y del trigo. Me alegro de que se paralicen la construcción y la venta de teléfonos móviles. Me alegro de que dejen de construir esas horrorosas urbanizaciones de ladrillo, menos acogedoras que un polígono industrial, en el pinar donde iba a recoger níscalos con mi abuelo. Me alegro de que los campos amarillos de Castilla donde a lo lejos se veía un tractor dejen de convertirse en campos verdes de golf donde a lo lejos se ve un caddie. Me encanta que se paralicen las obras para construir una pista de esquí en Tordesillas, típica idea de los pirados de la Junta de Castilla y León, que se siguen creyendo en la época del desarrollismo de los tecnócratas opusianos del franquismo (eso sí, lo de opusianos lo siguen siendo).

Me gusta que la gente ya no viaje mediante paquetes turísticos estúpidos, paséandose cual borregos en un autobús, cámara en mano, para luego decir, me encantó París. Me gusta más todavía que tampoco puedan permitirse los garbeos por la estepa mongola metidos en un 4x4, tocando las narices a los caballos de Przewalski y a los nómadas que cabalgan encima. Me emociona que baje la venta de coches, sobre todo de esos monovolúmenes familiares tan contaminantes que circulan por el centro de la ciudad con solo un tío dentro, y que son fuente de humos y de atascos. Más me gusta que haya gente que vuelva a coger la bici por no poder pagarse la gasolina.

También me alegro de que este año planeen adelantar las rebajas por falta de ventas, y que pueda seguir usando mis jerseys a rayas un año más sin que me digan que estoy pasado de moda. Y de que nadie renueve su móvil, y yo pueda seguir con mi entrañable Nokia rojo de Vodafone otra temporada sin que me miren mal. Y de que los padres se planeen sacar a sus hijos de la privada porque las cuotas misioneras son demasiado altas. Y de que esos mismos padres compren ahora la ropa a sus hijos en la concurrida sección de Green Coast del Corte Inglés, en vez de consentirles sus cocodrilos y sus caballitos. Y de que estas Navidades los Reyes vuelvan a traer a los niños lo justo, y no esa colección de cajas enormes que colapsan el servicio de recogida selectiva al día siguiente.

En resumen, me alegro de que se pare el carro de esta espiral de locura en la que se había metido el mundo desarrollado. Me dirán que estoy loco, que precisamente los más afectados sean los más pobres, que esto solo conduzca a más miseria y más desigualdades, que en algunos países ya escasean los alimentos. Pero en el fondo, esta crisis es necesaria. Podría no haberla ahora y que siguiéramos creciendo descontroladamente, pero algún día la habría. Y entonces, nos caeríamos, y el golpe sería grande. Ahora es solo un tropezón, y quizá sirva para coger aliento, recapacitar, pensar en cómo estábamos haciendo las cosas, adoptar por fin un desarrollo sostenible y enmendar nuestros errores. Aunque si digo la verdad, no soy muy optimista, y creo que los poderosos se aferrararán a este modelo hasta el último segundo, y los especuladores seguirán aguantando hasta que se sequen sus pozos de efímeros beneficios. Y eso será peor. Pero a pesar de todo, me alegro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alégrate. . pero esto no es cuestión de un par de crisis. .

Esta sociedad padece egoísmo crónico y quizás la lección de humildad que todos necesitamos aprender deba ser algo más que apagar un par de luces. .

Pedro Duque dijo...

Buena entrada.
Aunque personalmente no creo que sirva para aprender de los errores...


Pedro Duque (el verdadero)