domingo, 17 de agosto de 2008

El mundo tras una pantalla

Es pan de cada día. En cada plaza, calle o monumento importante de cualquier ciudad del mundo se agolpan sin interrupción centenares de personas, desfilando en una interminable procesión de mochilas, bocadillos y sobre todo flashes, muchos flashes. Catedrales antaño iluminadas por el fuego de los autos de fe, estatuas que vieron el destello de la pólvora durante siglos, brillan ahora bajo el intermitente y constante bombardeo de miles de cámaras de fotos actuando al unísono. Varios ejércitos se cruzan cada minuto, procedentes de las tierras más remotas del planeta, dirigidas por un sabio guía que, paraguas en mano, los conduce a través de un insoportable guirigay. Da igual que vengan de América o de Europa, de China o de Japón, todos llevan como arma común el fabuloso objeto, símbolo del turista moderno, testigo mudo de los viajes que, inevitablemente, se suceden sin pausa en el tiempo.

Y sin embargo, ¿para qué sirven? La aparición de la cámara digital ha desprestigiado totalmente la fotografía. Antes, para cada foto, se elegía y pensaba cada flash, buscando un posado armónico en un fondo representativo, prestando atención a la iluminación y condiciones ambientales de la foto. Posteriormente, las 20 o 30 instantáneas del revelado eran admiradas una por una, cuadros inmortales de un momento de la vida, archivos a los que recurrir cuando el tiempo hiciera mella en lo corruptible. Solían introducirse con cuidado en álbumes, recogidos con cariño en un estante, sabiendo que al cabo de los años esas fotos serían nuestra única consolación ante el avance del presente. Se pensaban los rostros, la expresión, la pose, ... En definitiva, eran un recuerdo, un ápice de un viaje, de una emoción, el recuerdo de una ciudad o de un país. La foto traía un trozo del momento para inducirnos su recuerdo.

Ahora ocurre lo contrario, ya no es la foto una parte del viaje, sino el viaje una parte de las fotos. Cualquier situación es fotografiada irremediablemente. Vamos por la orilla del Sena detrás de una pantalla digital, olvidándonos de escuchar el gentío cosmopolita de París, de ojear las revistas antiguas expuestas en las casetas de madera, de oler a café, o simplemente, de pararnos a observar y a pensar. El Coliseo ya no se palpa, se escudriña, se reconstruye en la memoria (interesante ejercicio mental para cualquier monumento antiguo); ahora simplemente es pasto de los flashes, cuando, qué sentido tiene hacer una foto a un edificio que está presente en cualquier enciclopedia o página de Internet. Antes se visitaba el monumento y luego, en todo caso, se hacía la clásica foto con el edificio de fondo, por ejemplo. Ahora no, se fotografía todo, sin pensar en lo que hacemos, en lo mejor aprovechado que sería nuestro viaje si lo enfocáramos de otra forma.
Nos hemos convertido en borregos del turismo, seguimos rebaños de gentes a través de circuitos predestinados; los mapas han dejado de existir, el placer de perderse y callejear por una ciudad está pasado de moda. La hospitalidad de los autóctonos, el contacto con otras culturas, que a fin de cuentas debería ser el objetivo de cualquier viaje, es inexistente. El chófer del autocar que nos pasea por la ciudad es nuestro único encuentro local.

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