miércoles, 28 de enero de 2009

Si se callase el ruido...

Mi relación con el ciberlobby ultracatólico Hazte Oír comenzó una mañana de 2004 cuando en clase de religión se nos repartió un documento donde se nos pedía insistentemente boicotear al Grupo Prisa. El sacerdote que teníamos de profesor nos rogaba dejar de comprar, escuchar o leer todo aquello que tuviera relación con Jesús de Polanco y sus secuaces. Yo, sin embargo, no lo ví muy claro, ¿escuchar Carrusel era malo? ¿podía seguir viendo los partidos fuera de casa del Pucela? ¿tendría que dejar de leer el artículo de Tomás Guash en la contraportada del AS para salvaguardar mi moral? Con lo aburrido que era El Mundo, todos los días buscando ácido bórico sin encontrarlo... y qué decir de mi despertador autómatico, ¿me levantaría todas las mañanas escuchando a Federico?

Por suerte, en privado fui fiel a mis costumbres. En los exámenes de ética, en cambio, tenía que seguir respondiendo que Prisa monopolizaba la información, que masturbarse era peligroso para el equilibrio emocional (pág. 93, Betel, Gaspar Castaño Mediavilla, Editorial SM 2002) y que usar condón era una aberración moral. Hasta que al año siguiente inmigré a la educación pública y fui archivando esas historias en el baúl de los recuerdos. Pero claro, el hecho de que yo ya no la viera no significaba que esa gente hubiera dejado de existir, y así, un buen día de 2009, me reencontré con Hazte Oir.
Ninguno de los dos lo buscamos. En realidad, nos encontramos por casualidad. Andaba yo cotilleando por las siempre soprendentes redes sociales y, sin saber cómo, me encontré con este video:



Por si les da pereza tragarse el video entero, lo que se ve es una sucesión de personas diciendo que Dios existe, que ellos lo han visto y que sí, que está ahí vivito y coleando. Hasta ahí normal, cada uno que piense lo que crea más oportuno, yo lo respeto. Lo que no me dejó tan indiferente fueron algunos comentarios metidos destrangis in the night en algunas partes del vídeo. Por ejemplo, una joven muchacha con mirada inquisidora y media sonrisa nos dice "Laicismo es totalitarismo". Yo no sé como argumentar lo contrario, me deja fuera de juego lo extravagante de la afirmación... ¿qué no es para esa jovencilla el totalitarismo? ¿un Estado con una sola religión?¿una escuela pública donde se obliga a cursar religión católica? ¿ceder parte de nuestros impuestos a la Conferencia Episcopal? A continuación aparece una cuarentona pidiendo "libertad religiosa par todos, también para los creyentes"... Hombre, me imagino que un no creyente no estará muy preocupado por su libertad religiosa, pero además parece mentira que esto lo diga una católica, ¿acaso no cortan las calles en cualquier fiesta de guardar, con tamborileros y trompetistas incluidos? ¿no nos levantan cada domingo con el tañer de sus campanas? ¿no tienen una parroquia por cada manzana, con misa mañana y tarde? ¿y qué decir de la emisora con cobertura nacional propiedad de la Iglesia? Si fuera seguidora del Hare Krishna lo entendería, pero siendo católica, ¿cómo tiene la desvergüenza de quejarse de falta de libertad?

Le sigue otra chiquilla diciendo preguntándose "por qué quieren imponer el ateísmo, ¿tanto les molesta Dios?". La verdad es que a mí, por omisión, Dios no me molesta, y me imagino que a un ateo tampoco por el simple hecho de que no cree en él. En todo caso desconozco quién impone el ateísmo, seguramente esta chica querría referirse al laicismo que, repito, asegura la auténtica igualdad religiosa entre todos los ciudadanos. Y ya para terminar, aparece una treinteañera con pintas de modelo del Corte Inglés, diciendo la siguiente obviedad con cara de haberse pasado toda la noche pensándola: "Nos podrán quitar la libertad física, pero nunca nos podrán quitar la libertad de conciencia y de pensamiento" Si a esta chica la han secuestrado, lo desconozco, pero en todo caso su frase da un poco de resquemor.

Eso es lo que hay, al final sale una adolescente apuntándonos con su guante proclamando "¡Sí a los crucifijos!" y otra "¡Sí a los belenes!", luego se callan todos, sale música ñoña, se dan besitos en una ciudad nevada (para dar un toque navideño, quizás) y se acaba el vídeo. Cuando veo este vídeo me extraño, me extraño porque este pensamiento radical no me lo encuentro a menudo por la calle. En general, tengo un recuerdo bastante cariñoso del párroco del pueblo y sus inolvidables monólogos en el altar mientras los chavales esperábamos en primera fila para que nos invitara a unas chucherías. También recuerdo a las monjas del colegio, condenadas al ostracismo por los sacerdotes, que solo aparecían diligentes para echarte Reflex y mecromina, tuvieras un esguince, una fractura o un corte. Y aquella profesora de religión que llegaba con El País en la mano llamándonos la atención sobre la situación del mundo. Esa radicalidad, que solo he conocido entre los pajarracos con sotana que daban clase y manejaban los hilos del colegio, no debe ser muy habitual. Tampoco creo que sean muchos los que siguen las directrices apocalípticas de Rouco y Losantos. Deberíamos reflexionar sobre el poder de multiplicar su voz que tienen algunos pequeños grupos, que se autoproclaman representantes de millones de personas, sembrando la discordia entre los ciudadanos. Quizás, si se callase el ruido, nos daríamos cuenta de quiénes son realmente los católicos.

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