martes, 6 de enero de 2009

Vergüenza mundial

Vergüenza, impotencia, ... es difícil expresar en pocas palabras el sentimiento que gran parte de la opinión mundial sentimos ante los indescriptibles sucesos acaecidos estos días en Gaza. Es quizás el conflicto que más ha humillado a la comunidad internacional desde la Segunda Guerra Mundial, no ya por las horribles imágenes que llegan cada día desde Palestina, sino por la inoperancia, incapacidad y desvergüenza de los líderes, gobiernos y organizaciones internacionales.

Ni la guerra de Iraq, ni la del Golfo, ni la de Vietnam dejaron esta esperpéntica reacción global, esta canallada mundial que quedará para siempre en los anales de la historia como el mayor descrédito simultáneo de los supuestos guardianes del órden del mundo. Empezando por el de siempre, el inclasificable presidente Bush, contemplando sin inmutarse el genocidio palestino y justificando los ataques sin un ápice de remordimiento; comprensible reacción, por otra parte, teniendo en cuenta los miles de muertos inocentes, la cantidad de vidas sesgadas en menos de ocho años que carga sobre sus hombros. La decepción llega de Obama, sumido en un silencio cuanto menos sorprendente, encerrado en su hotel de lujo de Washington apurando sus últimos días exento de responsabilidad política.

Más vergonzosa si cabe es la reacción de Ban Ki-Moon, ese personajillo con cara de tonto, sonrisa perenne, que tras años de inoperancia nos ha confirmado su ineptitud para mediar en conflictos políticos. La ONU provoca risa y pena a la vez, ha traspasado hace tiempo la frontera del descrédito, y sigue empecinada en emitir comunicados inútiles, siempre bajo el veto de alguno de los miembros del Consejo de Seguridad. Nadie parece recordar que el estado de Israel existe gracias a una resolución de Naciones Unidas, rechazada en su día por el grueso del mundo árabe.

La Unión Europea avanza en la misma línea, una torre de Babel incapaz de aprobar sus propias normas, y mucho menos de mediar en asuntos externos. La presidencia checa desasosiega desde el primer día, mientras que Sarkozy viaja a su bola a Oriente Próximo al mismo tiempo que otra delegación europea se hace fotos sonriente con los ministros israelíes. Y qué decir de Tony Blair, otro personaje incalificable (se supone que es el máximo responsable del Cuarteto en el conflicto palestino-israelí) que debería desvivirse por frenar la tragedia, pero que sigue en paradero desconocido.

Decepciona igualmente la tibia reacción de los dirigentes árabes. La Autoridad Nacional Palestina parece un títere a merced de Israel, Mahmud Abbas recuerda al Mariscal Pétain, prohibiendo a sus propios ciudadanos manifestarse contra el invasor. Por su parte, Mubarak y Abdalá II siembran, con su silencio, la ira y la incomprensión entre gran parte del mundo árabe. Mención aparte merece el gobierno israelí, ministros reciclados ambiciosos de poder que ven en esta masacre una oportunidad para recuperar el prestigio político.

Y uno se pregunta, ¿qué se puede hacer? Sólo dos personas han dado un tímido hilo de esperanza, uno es el presidente Zapatero y otro es el ministro Bernard Kouchner (me resisto a pensar que el fundador de Médicos Sin Fronteras permanezca inalterable ante tanta muerte y destrucción), pero sus opiniones son totalmente intranscendentes. Quizás los auténticos héroes sean los cooperantes que siguen dentro de la ratonera de Gaza, los únicos que con sus pequeñas acciones han contribuido a hacer la situación menos mala. Mientras los gobernantes se lavan las manos entre risas y fotos, ellos se juegan la vida cada día con el único objetivo de ser útiles en un sitio donde todo parece inútil. Quizás solo por ellos merezca la pena mantener la esperanza en un futuro mejor. Quizás...

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