jueves, 26 de febrero de 2009

Árbitros y médicos


Miguel Sánchez Seco Otero. Escribo su nombre por si algún día le da por buscarse en Google. Este señor de Madrid lleva una vida normal, seguramente tenga familia, amigos, escuche música, lea libros, en fin, una vida corriente como la que llevaría cualquier ciudadano de este país. Sin embargo, el pasado día 22, el señor Sánchez Seco (al que llamaremos Miguel) cometió una imprudencia aparentemente banal pero que nos hace reflexionar sobre la excesiva importancia que algunos quieren dar al fútbol, convirtiendo un terreno de juego en un mundo aparte donde las normas básicas de convivencia quedan subordinadas al espectáculo.

El hecho ocurrió a las 18.44 del ya señalado 22 de febrero de 2009. En ese momento, Miguel se localizaba en una de las bandas del estadio José Zorrilla de Valladolid, quizás pensando en los minutos que debería añadir una vez cumplido el tiempo reglamentario. En efecto, Miguel es árbitro. Los fines de semana recorre los duros estadios de Segunda Divisón B a cambio de una nada despreciable remuneración, que nunca viene mal en estos tiempos que corren. De vez en cuando, le llaman de la Federación para ejercer de cuarto árbitro en categorías superiores, como en Primera Divisón.

Pero volvamos a Zorrilla. En ese instante acorta distancias el Real Valladolid frente al Málaga. Mientras los futbolistas blanquivioletas celebran el gol, un jugador andaluz se deja caer en el campo fingiendo estar lesionado con el objetivo de perder tiempo. En ese mismo momento, Marcos, defensa pucelano, se aproxima al banquillo aquejado de dolores en el muslo pidiendo asistencia sanitaria. El doctor Pablo Grande, médico del Valladolid, aprovechando el parón, se aproxima y se dispone a intentar apaciguar sus molestias de cara a los pocos minutos que quedan. Y entonces, sin que estuviera previsto, a Miguel se le cruzan los cables y se arma la marimorena...

Seguramente Miguel no tenga nada contra los médicos, ni contra el deber de auxilio, ni contra el derecho a recibir asistencia sanitaria. Sin embargo, a Miguel le pareció escandalosamente mal que un médico, aprovechando un parón en el juego, se acercara a calmar el dolor de un futbolista. Así que, con los ojos desorbitados, sacando pecho, vituperó al médico y le ordenó que se volviera a sentar. El doctor Grande, que ejerce la medicina con la misma paciencia y serenidad con la que Solbes trata de arreglar la economía española, le informó de que su deber era asistir al jugador, y le sugirió que si no estaba de acuerdo con esa norma básica de comportamiento los expulsara a ambos. Dicho y hecho. Pinganillo al canto, llamada a Megía Dávila: el médico molesta. Megía expulsa al médico.


¿Qué habría pasado si un jugador se lesionara de gravedad mientras el médico estaba fuera del campo? ¿Se negaría entonces a permitir su entrada al terreno de juego? ¿Qué autoridad tiene el árbitro, cuya función es dirigir el juego, para decir a un médico cuándo y dónde debe atender a un paciente, sobre todo cuando la asistencia tiene lugar fuera del campo de fútbol? ¿Qué cabezas pensantes hay en la Federación Española para, además, sancionar al doctor Grande con otro partido de sanción? El abuso de poder de los árbitros es, en ocasiones, escandaloso e intolerable. No se trata de errores, ni siquiera de mal arbitraje, se trata de una concepción errónea que muchos de ellos tienen acerca de su función sobre el campo. En nuestro caso, el árbitro raya la delincuencia impidiendo que un médico lleve a cabo su función.

Lo que ocurrió después es aún más patético. Algunos jugadores suplentes se revuelven indignados en el banquillo ante lo que consideran una injusticia. Miguel vuelve a usar el pinganillo señalando al banquillo. Megía Dávila, erróneamente, cree que se refiere al entrenador, José Luis Mendilíbar, ordenando su expulsión. Ante la ausencia del míster, toma su puesto Ángel Félix, segundo entrenador, levántandose de su asiento con el fin de dar órdenes a los jugadores. Megía Dávila, confundido ante este nuevo individuo de pie en la zona técnica, expulsa también a Ángel Félix. Mientras tanto, Miguel, rojo de ira, incapaz de mantener la cordura que se le exige a un árbitro, se encara al banquillo vallisoletano, siendo separado por el propio delegado de campo del Real Valladolid. El partido termina y la policía protege la salida del cuarteto arbitral hacia vestuarios. Miguel, el anónimo árbitro madrileño de Segunda B, ya ha conseguido hacerse famoso.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En efecto, he buscado a este colegiado en google, jejeje
A ver si arbitra bien a mi equipo este domingo y no la lía otra vez con los banquillos.
Saludos cordiales y gracias!

Anónimo dijo...

Sin duda este individuo sigue haciendo de las suyas por los campos de futbol de la regioón.
Esta vez nos ha tocado en Palencia. Independientemente de la nefasta actuación de la que no quiero hablar porque el blog no se refiere a esos temas, dejo un link al acta de la federación en la que se puede ver que ha repetido su proeza.(http://actas.rfef.es/actas/RFEF_CmpActa1?cod_primaria=1000144&CodActa=11329) Esta vez amonestando al masajista del Palencia por "acortar" el campo saltandose las esquinas para atender con mayor prontitud a un jugador. Ademas, en el acta se equivoca y asigna la tarjeta al preparador fisico. Gracias a Dios estos profesionales no son como él y el mismo masajista le atendió al sufrir calambres en la prorroga. En esa ocasión no le amonestó.

Sánchez-Seco CABRÓN!! dijo...

Yo también he puesto su monbre en google y he encontrado esto. Pues este individuosigue haciendo de las suyas, le deberían quitar la licencia.

El día 19/09/2010 pitaba el partido de 2ªB Caravaca - San Roque de Lepe. Un partido de guante blanco sin una patada de más. Pues bien, 3 penaltis y 3 expulsados, todo al San Roque de Lepe. Y lo que es peor, le dijo al entrenador del San Roque "mister, tiene usted algo que decirme?" riéndose y mofándose del entrenador. tienen una crónica del partido aquí http://www.recreativistas.com/segunda-division-b/2201-caravaca-4-san-roque-1.html