lunes, 2 de agosto de 2010

Abusos permisibles

El Parlamento de Cataluña ha decidido prohibir las corridas de toros a partir del año 2012. Esta decisión ha levantado un duro y enfrentado debate entre dos grandes grupos bien diferenciados: los defensores de la tauromaquia por un lado y los ecologistas (que los medios se empeñan en llamar animalistas, como si el movimiento verde solo se ocupara de flores, pinos y alcachofas) por el otro. Es verdad que a lo largo del proceso ha existido un tufillo de intereses nacionalistas e identitarios que algunos medios de la derecha han aireado con excesiva vehemencia, pero hemos de reconocer que el debate parlamentario ha sido, en general, correcto y con predominancia de argumentos filosóficos y científicos sobre los puramente políticos.
Ahora bien, debemos reconocer que, además de estos dos grandes bloques, hay un inmenso número de ciudadanos que, en cierta manera, han quedado descolgados en tierra de nadie. Me explico: las encuestas realizadas durante estos días demuestran que, si bien la mayoría de los españoles no se interesa por las corridas de toros, también es mayoritario el grupo de ciudadanos que se opone a la prohibición. Es decir, que ni fu ni fa. Y en cierto modo es una postura más coherente que la de los propios ecologistas, quienes se oponen a las corridas pero no dicen nada de la caza de pichón, la pesca con anzuelo, los espectáculos circenses o los famosos correbous, donde los animales sufren igualmente tortura o malas condiciones de vida. Yo reconozco que formo parte de ese amplísimo grupo de españoles que, sin interés por la tauromaquia, y seguramente con grandes preocupaciones ecológicas, no hubiéramos votado a favor de la prohibición de los toros. Y es que quizás, a mi modo de ver, existen ciertos eventos o prácticas de ocio que, si bien llevan consigo el abuso o la utilización de animales, no crean un sentimiento de culpa tan elevado como para sugerir su prohibición. Serían, por llamarlo de alguna manera, unos "abusos permisibles".

Criterios para que el abuso sobre un animal sea permisible (por lo menos para mi ética y mi moral):
1. Que el abuso en sí no sea una fuente de dinero. Es decir, no acepto que el dolor y el sufrimiento de un animal sean utilizados como forma de lucro. Por ello, me opongo totalmente a peleas de gallos, perros o similares, donde individuos pagan para inducir o presenciar una tortura animal. En el caso del toreo, es evidente que la inmensa mayoría de los espectadores pagan para ver cómo un ser humano es capaz de lidiar con los embistes y ataques de un animal. Nadie paga para ver como un toro se desangra o agoniza sobre la arena. De hecho, una corrida de mayor calidad es aquella en la que el torero se ha arriesgado más, ha sido más elegante, sin haber sido embestido por la fiera. O aquella en la que la estocada final ha sido más certera, más rápida, mientras si el torero requiere varios intentos para acabar con la vida del toro es juzgada como una mala faena. En definitiva, el lucro de la tauromaquia no depende del sufrimiento del toro.
2. Que el abuso no sea continuado o implique condiciones inaceptables de vida. Por ello, estoy en contra de los circos, de los zoos de ciudad y de las pajarerías de los parques. Es inaceptable que un león no salga de una jaula en toda su vida, que los pájaros se hacinen en jaulas y no puedan volar. También lo son ciertas formas de producción de alimentos de origen animal, véase piscifactorías en tierra, corrales industriales, etc. El toro de lidia vive durante toda su vida en condiciones envidiables, cuidado, alimentado y con grandes espacios para pacer. Sufrirá únicamente durante un breve combate, no más cruel que el que pudiera tener en un medio totalmente natural. Un combate que, por otro lado, nunca rehúye, a diferencia de otros animales, sino que afronta con valentía.
3. Que el abuso no implique el peligro de extinción de la especie. Es más, en el caso de las corridas, se ayuda a preservar la especie, aún cuando, sinceramente, no creo que el fin del toreo acabe con el toro de lidia. ¿Por qué los ecologistas no llevan al parlamento vasco una propuesta popular para poner límite a la pesca del atún, a punto de desaparecer del Cantábrico?

Tras estas tres premisas, tendríamos un pequeño listado de "torturas permisibles". Ahora bien, es necesario que la práctica de estas torturas sea limitada, controlada, que no pueda llevarse a caso por cualquier ciudadano con ganas de descargar adrenalina. Así pues, añadiríamos un cuarto punto:
4. Que el abuso requiera de una licencia, permiso y control. Es decir, permitimos la caza controlada, la pesca en ríos, incluso las corridas. Pero prohibimos los corredous, los toros embolados y demás espectáculos rurales, donde la furia del pueblo se descarga sobre un animal. Es evidente que no es lo mismo que el alcalde de Manganeses de la Polvorosa tire una cabra desde la torre del campanario que la lidia profesional de un torero. Tales licencias y permisos se legislan. Y llegará el día que el poder legislativo decida prohibir la posibilidad de expedir licencias para torear. Que lo haga, perfecto. Pero entonces, unos y otros, habremos sido coherentes.

4 comentarios:

DLR dijo...

Un auténtico placer volver a esta casa, siempre acogedora.

Y no has podido escoger mejor temática y mejor forma de expresarla.

He de decir que me declaro ferviente seguidor de la tauromaquia, quizá porque es cultura familiar (vengo de familia con toreros) y desde pequeño he conocido la faceta artística de la Fiesta. Seguramente existe tanto debate por falta, precisamente, de conocimiento. Quién no conoce toda la cultura que rodea al mundo del toreo, y ve desde fuera el espectáculo, es comprensible que lo desprecie y lo vea como algo "inhumano" (pese a lo inadeacuado de la expresión teniendo en cuenta el sujeto pasivo de la cuestión).

Por ello, yo apelo al respeto por esta tradición tan magnífica, tan llena de arte (con mayúsculas me atrevería a decir) y tan rodeada, como decía, de cultura (¡hasta hay diccionarios enteros de palabras propias de la tauromaquia!)

Sea como fuere, y pese a mi afición, soy perfectamente consciente del sufrimiento del animal. Ante ello, hay que comentar dos cuestiones:

i) también ese sufrimiento lo padecen, quizá incluso mayor, los animales que ingerimos a diario. ¿Con eso no se hace nada? Puede que intereses subrepticios hayan existido en los toros. Los hay.

ii) teoría de la ponderación. Como muchas veces en la vida, existen dos bienes en conflictos. El arte propio de la fiesta, y el ¿derecho? del animal a no sufrir. Hay que ponderar los intereses y descantarse por uno. Teniendo en cuente el peso del primero, la tradición, y la hipocresía respecto del punto número 1, me quedo con el primero.

Finalmente decir que hubiera preferido, como Montilla dijo, que hubiera sido la propia sociedad, con su lento pero incesante cambio paulatino, el que hubiera tomado la decisión de enterrar los toros. La medida drástica apunta al nacionalismo como denontante, pese a que la propuesta inicial sí fuera de personas interesadas por los derechos de los animales.

En todo caso, y teniendo en cuenta que el juicio de ponderación realizado por mi parte puede ser erróneo, y barajando también la posibilidad de que lo animales puedan ser considerados portadores de derechos (tesis algo floja por la propia naturaleza de los sujetos en cuestión) siempre he dicho que si fuera miembro de un Gobierno que decidiera abolir la Fiesta, me abstendría en la votación.

Naiara dijo...

Hola!
Te escribo porque estoy organizando un evento gastronómico en distintos puntos de España, uno de ellos es en Valladolid. ¿Te puedo mandar más info a alguna dirección de correo? A ver si te interesa :)

Gracias!
n.corujo@alcandora.com

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